Episodio 0 - Ausencias


Todo comenzó en el verano. El alcoholismo de mi madre, la soledad y la buena muchacha a la cual amé que se marchaba callada y sin poder yo entender de qué se trataba. Hubo silencio, mucho silencio, en un mundo mudo de explicaciones y de palabras ahogadas que no salieron de los corazones.

La mirada ausente y perdida de mi madre, la silueta de Lucy desapareciendo hacia el andén y aumentando su ausencia. Los interrogantes sin responder, las dudas y el inevitable fin, todo agolpado en mi cabeza.

Volví a lo de mi madre y la hallé fría, inerte, con los ojos cerrados como si descansase, como si no le importara. Whisky barato y café rancio eran su perfume de mujer. Nadie la quería, nadie la visitaba, no tenía a nadie, sólo a mí, en su mundo vacío y sin sentido, en su mundo de delirios, vicios y desvaríos. Hace años que la había perdido; pero hoy se fue, se marchó, como si se hubiera puesto de acuerdo con Lucy. Es como cuando la ausencia llama a la ausencia; y todo se llena de ausencias y sólo queda la ausencia.

Llamé al médico, uno del bajo mundo, de esos que han comprado su diploma, que fraguaron su título entre corruptos, falsificadores e inescrupulosos. Sabe sacar balas, sabe curar heridas de cuchillo, sabe atender a los que tienen sobredosis, sabe recetar medicinas para adictos. Y sabe hacer certificados de defunción. Suficiente para mí.

Dinero no hay, siempre el problema es el dinero. No había para el velatorio, sólo unos mugrosos billetes mal habidos para la mano del sepulturero, quien la enterró en una tumba abandonada, borró el nombre del anterior y con un carbón escribió con la caligrafía de un hombre hosco, anciano y sombrío el nombre de mi madre. A pala, sudor y tierra se tapó el féretro y el sepulturero se marchó apresurado hacia su botella. Y allí quedé, solo yo conmigo, observando la pequeña montaña de tierra dejada por su enterrador.

Patéticamente solo, me marché hacia la casa de mi madre. Cuando entré había un eco muy inusual, el sonido de mis pasos retumbaban por los rincones de una manera que antes no había percibido. Miré alrededor y sólo hallé soledad. Me pasé tres días quemando los desórdenes y chucherías de una anciana paciente psiquiátrica, abandonada a su locura por más de diez años. Todos sus cúmulos de cosas inservibles las arrojé al patio e hice una gran fogata, que se devoró todo, como tragándose al pasado.

La limpié por completo, abrí el compartimento secreto que lleva a la puerta del sótano e ingresé a mi mundo, a mi búnker personal, al refugio blindado sólo para mí. Entré a la jaula de faraday, miré los monitores y todo estaba en orden. Y continué trabajando en lo que llevaba más de tres años trabajando, un proyecto que me había quitado el sueño, que me había echo pasar muchas noches sin dormir, sumergido en los bits de la ultra seguridad informática de los ultra paranoicos.

 

FIN del episodio 0


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